La lectura de un libro de Maurice Maeterlinck “La inteligencia de las flores” me tiene inspirada a reflexionar sobre nuestro vínculo con las plantas.
Maurice enumera con mucha poesía, una serie de verdades botánicas acerca de las habilidades desarrolladas por el reino vegetal para lograr desde su «inmovilidad» (discutible este término pero sirve para ir al punto), todo lo que una especie necesita para mantenerse y evolucionar. De paso, te invito a que leas también este breve y maravilloso libro por que te hará descubrir un sin fin de esfuerzos, caprichos y habilidades que las plantas y su inteligente especie despliega con absoluta poesía.

Esta lectura de la que hablo me llevó a preguntarme… ¿Somos conscientes de la inteligencia de la que están dotadas las plantas? ¿Reconocemos como especie humana la relevancia del mundo vegetal en nuestra existencia?
Si pensamos en términos evolutivos, la primera célula vegetal, es decir, el primer ser eucariota fotosintético que habitó nuestro planeta, lo hizo hace 2000 millones de años mientras que hace algo más de 2 millones de años surgió el género al que pertenecemos, Homo; y hace unos 250.000 años, nuestra especie.
Si bien todas las especies que habitan la tierra en una misma línea de tiempo poseen el mismo nivel evolutivo (para poder coexistir en un mismo espacio-tiempo), ¿No crees que las plantas nos llevan algunos años de adaptación y aprendizaje?
Las plantas nos proporcionan la gran mayoría de los alimentos que ingerimos, medicinas, madera, combustible y fibras. Brindan resguardo a muchos de otros seres vivos, producen el oxígeno que respiramos, mantienen el suelo rico en nutrientes, regulan la humedad, capturan dióxido de carbono de la atmósfera y contribuyen a la estabilidad del clima entre otras cosas.
Y aquí me detengo a re-preguntar¿Reconocemos como especie humana la relevancia del mundo vegetal en nuestra existencia?
Aludiendo a la Hipótesis Gaia, Lovelock concluyó que «vida y entorno forman una simbiosis que lleva a la Tierra a comportarse como un superorganismo vivo, como un sistema retroalimentado constituido por la corteza terrestre, el mar, la atmósfera y la biota, y que tiene el objetivo de lograr un entorno físico y químico óptimo para la vida en el planeta.» Pero esa autorregulación tiene sus límites y cuando se sobrepasan, el equilibrio se ve amenazado y el sistema puede volverse altamente inestable.
Por ese motivo es que esta reflexión pretende funcionar como una invitación a revisarnos, a valorar y proteger eso que lleva aquí mucho tiempo más que nuestra especie y encontrar desde nuestro lugar, la manera de darle aporte a ese mundo vegetal que puede ser dañado y exterminado.
Aportar y sumar desde donde podemos a ese equilibrio, siempre será un buen camino ❤️.